Yo… soy… tu buzón

Imagínense una ciudad que ha pasado del siglo XIX al XXI, con una guerra civil muy breve, pero con una posterior represión larga y brutal, como demostró mi admirado paisano Miguel Ángel López Moreno. Aunque creo que a finales de la decimonónica centuria el servicio de correos tuviera que moverse con funcionarios a caballo o en calesa, es indudable que las cartas se tendrían que depositar en buzones.

Hace pocos días tuve que introducir una carta en uno de esos artilugios, desaparecidos en la ciudad en la que vivo, incluso de la única estafeta existente. Tras recorrer toda la arteria principal investigué sin desaliento por toda la manzana para encontrar, sin resultado, algo que tuviera una abertura para meter mi misiva. Antes, evité la tentación de echarla en algunas de las preciosas papeleras con las que me topé a lo largo de la calle principal y que te seducían para que la alimentaras con tu carta. Estaba claro, la ciudadanía (¡qué gustamos ahora de utilizar esta hermosa palabra!) no necesitaba acudir a procedimientos antiguos, ya que había arribado plenamente al mundo de las nuevas tecnologías del siglo XXI.

Tras mi frustrada búsqueda no me quedó más remedio que hacer una breve cola. Ma lettre lo merecía. No es que fuera destinada a un país extranjero, más bien a la ciudad vecina, a tan solo diez kilómetros. La verdad es que hubiera tardado lo mismo entregándola personalmente en el organismo oficial al que iba dirigido.

La corta demora me recordó la larguísima espera que tuve que sufrir para recoger un paquete durante el confinamiento del año pasado. Más de una hora, pero no había otra opción. Era, como decía, la única oficina de correos de la ciudad, al menos en un espacio público. Acudir a la otra exigía entrar en unos grandes y anglófilos almacenes, por supuesto sin tener que consumir ningún producto de los mismos, faltaba más. Era como si para ir al dietista tuvieras que pasar por narices por una tienda gourmet.

Lo peor/mejor de la espera en esos primeros y terribles días de encierro, no fue poder respirar aire primaveral sin que te multaran, sino escuchar las barbaridades trumpistas y (neo?) franquistas que salían por las bocas de algunos componentes de la cola y que apoyaban con expresivos movimientos de sus manos. Esas que tendrían que depositar su voto en las próximas elecciones. ¡Qué miedo! ¡Dios nos coja exiliados, perdón, confesados!

Por fin entré en la oficina. Una amable empleada me recogió la carta, exclamando:

¡Yo…. soy…… TU BUZÓN!

Rafael Ángel Jimenez Gámez

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Un comentario sobre «Yo… soy… tu buzón»

  1. …lo malo no es que los tiempos cambien, lo malo es que vuelvan, páisa. Abrazos.

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