Suicidio académico

20 de enero de 2022. TAP (Tercer Año Pandémico).

Hace ahora dos años, un poco antes del confinamiento domiciliario, asistí en mi ciudad natal, en la que nunca fui profeta, a la conmemoración de los 85 años de la Escuela de Magisterio. Fui para hablar de mi padre que había sido bedel y que era recordado con cariño por el profesorado, alumnado y lo que eufemísticamente se denomina ahora personal de administración y servicios.




En ese acto, un profesor de Didáctica y antiguo colega de lo que se denominaba entonces Colegio Nacional de Prácticas (las escuelas donde hacían prácticas los futuros maestros), a principio de los setenta, sembró una pesimista y trágica duda: ¿había servido su larga trayectoria docente para formar buenos maestros y maestras?

Cuando me jubilé el pasado 1 de octubre, como cuando uno termina una tarea de 49 años – desde 1984 (de)formando maestros, en la que ha puesto todo su empeño, no podía impedir un inconsciente rendimiento de cuentas, el anglosajón accountability. Y recordé el sombrío discurso del colega. Supe salir de lo que pudo ser un episodio depresivo, recordando algunos encuentros con algunos antiguos alumnos y alumnas, ya docentes que recordaban no lo que yo les decía, sino lo que hacíamos en las clases. Claro que esas evocaciones, a veces, te dejaban un cierto amargor, porque manifestaban lo minoritario de esas prácticas renovadas en sus lugares de trabajo.

Hace algunos días he tenido que ejercer de maestro-abuelo, como hace dos años, a través de un conocido programa de videollamada, con mi nieta aislada por covid. Y vuelven los episodios depresivos. Aunque ya regresaron a principio de este curso académico. Y cada vez peor. Compruebo que los docentes somos los que enseñamos al alumnado a aprender para aprobar, los que utilizamos el examen como si fuera el único instrumento de evaluación y como si esta solo sirviera para calificar y, lo que es peor, para clasificar al alumnado. Mi nieta, en tercero de primaria, no está aprendiendo para vivir en un mundo más sostenible ni para vivir en una sociedad más igualitaria, ni para comunicarse mejor con los próximos y los lejanos, sino para pasar un examen memorizando datos inútiles en la sociedad del conocimiento. Menos mal que las cosas importantes se aprenden mejor fuera de la escuela.

Imagínense que el sistema de salud, cuando caemos enfermos, nos pusiera una nota que nos condicionara para toda nuestra vida, con escasas posibilidades de curación. Pues eso sigue ocurriendo en el sistema educativo. Tras casi 40 años (de) formando maestros, espero que esta reflexión me libere y os ayude a que los episodios depresivos no nos conduzcan al suicidio, académico, por supuesto. Como propone Vetusta Morla, aunque tengamos días raros,
Nos quedan muchos más
Regalos por abrir
Monedas que al girar
Descubran un perfil
Que empieza en celofán
Y acaba en eco

Rafael Ángel Jiménez Gámez

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