“Es inútil… pero es el capitán”

Este siglo XXI es muy curioso. Desde lejos se discierne un paisaje distópico, pero con colores vivos y algunas sonrisas. Está quedando un cuadro raro… Y mira que, a pesar de la tragedia que conlleva toda pandemia, ésta nos ha pillado en una era de avances científicos y sociales de la que podemos estar contentos. Y, claro está, sentirnos orgullosos de ese “espíritu colectivo” y solidario que, exceptuando particularidades, nos indica que hemos contribuido como sociedad a que el impacto de este virus no haya sido (mucho) más grave.




Es un cuadro raro, porque entre tanta evidencia acerca de lo importante que es la ciencia para vivir, lo indispensable que es el entendimiento común para ayudarnos los unos a los otros, hay una crisis de liderazgo de agárrate a la brocha que te voy a quitar la escalera.

La democracia representativa hoy día está distorsionada por el capital financiero, esto no es nuevo. En algunos países la situación es harto descarada y sangrante; como en los USA. Dime tú a mi cómo si no, un gañán como Donald Trump puede llegar a ser presidente.

También sucede en nuestro Congreso y Senado. Personas que no saben hacer la “o” con un canuto adquieren un puesto de responsabilidad, en representación de una organización que carece de principios transparentes, y cuya acción lo determina lo mediático más que lo programático (el interés partidista por encima del interés general). Escucharlos da miedo, asco y vergüenza. Y ojalá que de esta aprendamos y dejen de acumular escaños en próximos comicios.

Volviendo a tomar el ejemplo de los USA, hay otra cosa que me chirría y que pienso que se debería corregir. Es el tema de la renovación generacional de los liderazgos. Mucho se decía de la Unión Soviética, pero ahora mismo la media de edad de los candidatos de los USA está cerquita de los del Vaticano, y la oposición no es gente nueva que digamos. Reconozco que me habría encantado ver a Bernie Sanders ganar las elecciones, pero… ¡ains! Había que tumbarlo, no fuese a ser que pusiese a la clase trabajadora en el eje de su acción política.

Por eso, que Joe Biden le dispute la presidencia a Trump no lo considero, digamos, “serio”. Biden fue vicepresidente con Obama. ¿De verdad no hay nadie más? Claro que los hay. Pero no tienen tanto dinero, ni tanta influencia en los medios, o en redes… Estos cargos se compran, amiguetes. Y como el millonario esté como un cencerro y se le ponga en las gónadas presidir el país, lo consigue. Es un hecho. En España lo vivimos, a nivel municipal, con Jesús Gil. Y menos mal que le reventaron pronto los escándalos y los delitos, porque su organización criminal iba flechada a pillar cacho en el Congreso.

Igual sucede con “los evangélicos de Bolsonaro” (tiene nombre de chirigota). Mezclando fe y política y llevando a su pueblo a lo que suele llevar la religión: ¿amor al prójimo? Pues no. “Odio al impío”, sobre todo.

Los procesos de avances científicos, también en su vertiente social, no están siendo acompañados por procesos democráticos electivos y/o representativos de igual calado. La peor consecuencia de esto lo estamos viendo: uno recomendando beber detergente, y el otro animando a su pueblo a desconfiar de las recomendaciones médicas en nombre de Dios. Y todo en plena era de internet, de conquista espacial, etcétera. Encima la gente los vota (guiándose por medios comprados, claro, expertos en instalar “programas mentales” entre las necesidades cotidianas de las personas).

Urge una revisión de lo organizativo, de la democracia en sí misma, porque lo que no puede ser es que el sistema dé vía libre a quien pueda comprar cargos de responsabilidad relevantes, y que encima estos inútiles pongan a dedo a otros inútiles al frente de puestos importantes.

Este siglo XXI está siendo muy curioso, sí… por eso le viene bien el título que le he puesto a este artículo que, por otro lado, sirve como espontáneo homenaje a mi admirado Marcos Mundstock.

@el_paterr
DeLaIsla.ES




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